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Las buenas ondas vienen en diferentes envases

Una vez le pregunté a un abogado de una asociación católica por qué la Iglesia acepta la separación de cuerpos pero no el divorcio. Sé que hay una razón religiosa: si la persona se vuelve a casar, al ser el matrimonio indisoluble, habría adulterio. Pero su respuesta fue más franca: “se necesitaba crear una alternativa para quienes la vida en común se convierte en un sufrimiento cotidiano”.

Recordé esta idea y fui a leer el Derecho Canónico. Allí se estipula que el “grave peligro espiritual o corporal” es razón suficiente para la separación temporal. Me pareció interesante que se proteja la salud psicológica -espiritual, en otras palabras- de los cónyuges porque el matrimonio no debiera convertirse en un espacio de padecimiento, llegado el caso. Curiosamente, aunque suene raro decirlo, ¿no está allí, en estado embrionario, la idea de que dos personas pueden estar mejor si no conviven? ¿No es esa la receta que han adoptado algunas parejas luego de un pasado tradicional? Algunos creerán que estoy mezclando la Biblia con el calefón. Pero no estaría tan seguro, todo parte de un mismo trasfondo: no siempre estar juntos es la razón de la felicidad.

Intuyo que la verdadera clave está en el deseo y en la armonía. Tener ganas de construir algo que venza la soledad y hacerlo de forma que no genere tensiones. Así hay parejas que quizás no sean pareja en sentido clásico -dos amigos que se juntan para tener un hijo, por ejemplo- pero que crean un universo con solidez indeleble y buenas dosis de felicidad (si todo sale bien, como en cualquier lazo afectivo). También están las relaciones cama afuera, las de pareja del mismo sexo que hasta hace poco no eran tomadas como familia y las que conjugan a los míos, los tuyos y los nuestros. Y, claro, los matrimonios que ya no son tales pero que se siguen apoyando, por ellos, por los hijos. ¿No son vínculos potentes, más allá del nombre que les coloquemos?

Algunos dirán que lo diverso puede resultar caótico. No lo creo, es más la sensación de transitar un punto de inflexión: ya no hay, por suerte, un solo tipo de familia. La fórmula estándar podía resultar para algunos pero asfixiaba a otros. Bienvenidas, entonces, las alternativas.