Argentina
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Mundos íntimos. Pensé que mi familia estaba rota. Hoy creo que me equivoqué. ¿Será que a nuestra manera somos felices?

Es el día del padre y estamos almorzando ravioles los cuatro en la casa de mi papá. Los cuatro somos mi papá, mi mamá, mi hermana menor y yo. A pesar de que ellos están separados hace más de veinticinco años, hace un tiempo reconstruimos una dinámica bastante parecida a las de las familias tipo. Festejamos nuestros cumpleaños, vamos al teatro y a cenar afuera juntos.

En la sobremesa de este festejo, mi hermana y yo nos disculpamos con mi papá por, una vez más, no haberle comprado un regalo. Le decimos que habíamos pensado en llevarle un gato de sorpresa, idea con la que viene coqueteando hace años sin terminar de animarse. Él se niega escandalizado, agradece que no lo hayamos hecho. Dice que no quiere saber nada con un ser vivo a su cargo. Mi mamá, dueña de dos gatos, intenta convencerlo agregando que nunca más se sentiría solo. Los esfuerzos son en vano entonces ponemos play en el proyector a una película de un padre sin dinero, abandonado por su mujer, que arrastra a su hijo por la ciudad en el intento de encontrar un trabajo para mantenerlos a los dos. La elegimos por el título, “En búsqueda de la felicidad”, pero hacia la mitad me doy cuenta que es muy triste y les digo a todos que quiero dejar de verla para volver a mi casa.

Ana Montes, de pequeña, con su mamá. Recuerda que ella siempre se ocupó de la escuela, de cocinarles, de que todo estuviera preparado. Su padre, en cambio, las llevaba al cine, al teatro, a conocer ciudades.
Ana Montes, de pequeña, con su mamá. Recuerda que ella siempre se ocupó de la escuela, de cocinarles, de que todo estuviera preparado. Su padre, en cambio, las llevaba al cine, al teatro, a conocer ciudades.

Mi mamá y mi hermana deciden irse conmigo y despedimos a mi papá. Salimos a la calle cuando el sol está cayendo y la desolación de los domingos en el barrio de Once se nos pega encima a las tres. A la cuadra escuchamos un llanto agudo. Mi mamá se frena para ver de dónde viene. Arriba nuestro, sobre unos carteles de negocios de telas con persianas cerradas, dos ojitos verdes y un pelo muy oscuro. Pensamos que era una rata pero enseguida vemos que es una gata muy chiquita. Un vecino nos trae una escalera para bajarla. Le mandamos una foto a mi papá que viene enseguida a presenciar el rescate. Cuando llega, la alza a upa y se la acomoda en su cuello. Media hora después, la gatita negra ya vive en su casa. ¡Es el destino!, dice mi mamá cuando nos vamos por segunda vez ese día.

Los días siguientes son intensos. Mi papá entra en un romance profundo con la gatita pero escribe demasiadas veces por día al grupo familiar de whatsapp con la sospecha de que algo anda mal. No se anima a dejarla sola ni para ir a trabajar. Dice que es demasiado pequeña, que algo podría pasarle, que la angustia que le despierta solo es comparable a la que sintió cuando nosotras dos éramos muy bebés. Lo tratamos de exagerado, le repetimos que todo está bien. Hasta que nos graba un video de la gata arrastrando las patas de atrás. Se lo reenvío a la veterinaria y nos manda a una clínica de urgencia.

La gata negra de Ana Montes que encontraron de chiquita y que tenía problemas de movilidad. Primero estuvo con el papá, luego se la quedó la mamá.
La gata negra de Ana Montes que encontraron de chiquita y que tenía problemas de movilidad. Primero estuvo con el papá, luego se la quedó la mamá.

Mi papá se paraliza y nos pide que nos ocupemos nosotras. Yo estoy en el trabajo, entonces mi mamá y mi hermana la buscan en un taxi. Una vez sin la gatita, mi papá escribe al grupo diciendo que si lo que tiene es degenerativo prefiere que no la traigan de vuelta, que no puede soportar la idea de verla sufrir. Mi mamá contesta que no importa lo que tenga, que ella la va a cuidar. Que esta gata ya es parte de nuestra familia. Leo todo eso y tengo que irme al baño a llorar. Lloro desconsolada, como no lloraba hacía mucho tiempo. ¿Por qué una gatita que conocemos hace solo cinco días despierta tantas emociones en nosotros? Mientras me seco los mocos en el cubículo del baño de la oficina (mi sala privada de pensar, como llama María Gainza a su auto en “El nervio óptico”) me llama mi hermana. Dice que lo que tiene la gata es un defecto congénito en las rodillas, seguramente genético.

Algunas situaciones son un viaje al pasado. No voy a explayarme demasiado sobre esto acá, pero heredé de mis papás un gen autosómico recesivo que se manifestó en mí como una enfermedad poco frecuente (enfermedad de Gaucher) que afecta a 1 de cada 60 mil personas en el mundo. Autosómica recesiva quiere decir que tanto mi papá como mi mamá tienen que ser portadores del gen. Siendo ellos portadores, mis chances de tenerla eran solo de un 25%.

Esa enfermedad, que acumula residuos grasos en huesos y órganos, me produjo, entre otras cosas, infartos óseos en ambas rodillas. Un infarto óseo es la necrosis del hueso por la insuficiencia de riego sanguíneo. Un pedazo de hueso muerto en medio del hueso entero vivo, un agujero. Así fue como, a través de nuestras lesiones incurables y heredadas, me identifiqué con la gatita. Sentí que su aparición revivía los traumas del pasado ligados a mi enfermedad, como en una sesión de constelaciones familiares.

Tomé notas de la escena de la gatita encontrada y de lo sucedido desde entonces hasta mi epifanía como disparador para un cuento. Como escritora de ficción, tiendo a robar escenas de la realidad para inventar relatos y darles el sentido que se me antoje. Pero por más que lo intenté, no tuve la capacidad de hacer de ese episodio nada más que una revelación personal que a nadie le importaría. Liliana Bodoc dice que en la ficción mentimos para decir la verdad. Explica esto a partir de una anécdota de infancia: un día llegó a la escuela diciendo que había estado ciega todo el día. Sus compañeras y maestra no le creyeron, le dijeron que era una mentirosa. Ella no supo cómo explicarles que no estaba mintiendo, que sí estaba en penumbras, que sí estaba buscando un lugar de dónde agarrarse. Esa mentira era su forma de decir la verdad, de contar una historia, de armar una ficción. Cuando mis alumnas de taller de escritura creativa me preguntan qué pienso acerca de la autoficción, les doy esta respuesta comodín: cualquier historia que pasa por nuestra memoria que, como bien sabemos es engañosa, es un recorte de la realidad, un relato, y todo relato es, en última instancia, una ficción. Así es como esto que intento esbozar acá, aunque no sea un cuento, es, en cierta forma, también una ficción.

Mientras escribo estas líneas se me viene a la cabeza la famosa frase de Tolstói: Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera. ¿Cuál es la forma exacta de la infelicidad de nuestra familia? Los recuerdos de mi infancia se me aparecen escurridizos, fuera de foco. Esto es lo que sé: mis papás se separaron apenas nació mi hermana. Yo tenía cinco años y mi papá viajaba mucho, siempre había querido vivir un tiempo afuera. Como tuvo hijas de muy joven, esa posibilidad estuvo un poco trunca.

Me acuerdo que cuando era muy chica hizo un máster en Estados Unidos. Mi mamá estaba embarazada de mi hermana y yo tachaba los días para su regreso en un calendario. De esas idas y vueltas a Estados Unidos recuerdo las valijas llenas de juguetes. Les ponía candados y dosificaba la compra a lo largo de los meses. Por ejemplo, una vez trajo los peluches de “Buscando a Nemo” antes de que la película saliera en Argentina y, cuando finalmente se estrenó, fuimos a verla y escondió los peluches en la sala de cine. Salimos con los personajes felpudos en los brazos triunfantes, sintiéndonos la envidia de los otros niños. Me acuerdo de otra vez en la que nos contó que tenía una entrevista para un trabajo en Sudáfrica. En mi recuerdo, seguramente inventado, lloramos tanto que decidió no ir. Finalmente, a mis doce, consiguió un trabajo para un organismo internacional y se fue a vivir a Uruguay.

Coincidió con la época en la que me diagnosticaron la enfermedad. La imagen que se me aparece de esos años es la de estar de sala en espera en sala en espera con mamá. El tratamiento de la enfermedad implicaba internaciones cada dos semanas para pasarme un medicamento. Para mi primera internación, papá viajó a Buenos Aires pero se quedó afuera de la habitación cuando me pusieron el suero. A partir de ahí, cruzó el río para todas mis internaciones. Salía de la habitación cada vez que podía, pero siempre volvía con algo rico para que merendara. Escribí una novela basada en mi experiencia con el diagnóstico y los primeros años de tratamiento desde el punto de vista de una narradora adolescente. Cuando mi editora la leyó lo primero que me dijo fue: el padre queda muy impune ¿no?

Después de ese período de viajes, mi papá volvió a vivir en Buenos Aires y se compró una casa a diez cuadras de la de mi mamá. Hace poco leí un cuento de Alejandra Kamiya que narra la historia de unos padres separados desde el punto de vista de su hija única. Viven a ocho cuadras y la hija va y viene de una casa a la otra. Sus padres son opuestos en todo pero se complementan perfectamente. En esos polos, la hija encuentra el equilibrio perfecto para su vida. En el cuento, por situaciones de la vida y la vejez, vuelven a vivir juntos y se eligen una vez más como novios. Eso último no podría estar más alejado de lo que sucede con mis padres pero, la sensación de los opuestos complementarios se me hace perfecta para explicar el vínculo entre ellos y con nosotras. Mientras mi mamá nos cocinó las cuatro comidas diarias, nos peinó y vistió, nos llevó al colegio y nos buscó, nos ayudó con las tareas y los estudios, mi papá nos buscó todos los fines de semana, nos llevó al teatro, al cine y a conocer ciudades del mundo.

Después de la visita a la veterinaria, la gatita vuelve a lo de mi papá por una semana y, aunque aprende a caminar con su defecto congénito y mejora su salud general, mi papá decide que prefiere no vivir más con ella. Habla por privado con mi mamá y concuerdan entre los dos en que lo mejor es que se mude a su casa. Tres domingos después de encontrarla, la gatita se va a vivir con mi mamá. A partir de ese día, mi papá la lleva a los controles veterinarios, la visita y le compra juguetes.

Ahora no es el día del padre, es un martes cualquiera y los cuatro cenamos en la casa de mi mamá. Vinimos para que todos podamos ver a la gatita o tal vez porque sí. Mi mamá cocinó milanesas y mi papá trajo un vino. La gatita corre por todo el living, se trepa en el sillón. Es casi imposible adivinar que antes caminaba mal, arrastrando las patas y cayéndose para los costados. Lo que tiene no se cura pero aprendió a nivelar la debilidad de sus rodillas traseras con la fuerza de sus patas delanteras. Mi papá menciona cuánto creció desde la última vez que la vio y mi mamá le cuenta de un nuevo hábito que tiene: llevar su juguete como una presa en la boca y esconderlo debajo de la cama. Con mi hermana les decimos en chiste que es su tercera hija como padres separados y que ya tienen todo el mecanismo aceitado.

Durante mucho tiempo pensé que la nuestra era una familia rota, llena de traumas. Ahora tengo treinta años y estoy construyendo la propia, mirando hacia adelante y hacia atrás. Antes de la aparición de la gatita pensaba que tenía superada mi condición de hija. Que ya no me importaba cómo habían sido mis padres conmigo, que esas eran cosas del pasado. Pero supongo que ser hija es una condición que no se termina de tramitar nunca, por más años que se tengan. Ahora que nos veo a los cuatro en la mesa me doy cuenta que, de un modo u otro, somos una familia más bien entera.

No creo en el destino pero, quizás, la gatita sí que apareció para sanar algo. Cuando le conté a mi mamá que escribiría este texto se preocupó por cómo dejaría parado a mi papá, me pidió que lo cuidara. El otro día, cuando nos juntamos para despedir a mi hermana, que se fue unos meses a Barcelona con una beca de estudios, mi papá le regaló a mi mamá sus bombones favoritos. Los mismos que le llevó al sanatorio el día que mi hermana nació. ¿Será eso lo que hacen las familias felices?
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Ana Montes nació en Buenos Aires en 1992. Es artista visual y escritora. Además, es licenciada en Comunicación Social por la UBA y actualmente está cursando la Maestría de Escritura Creativa de UNTREF. En 2019 fue finalista en la Bienal de Arte Joven con su primera novela “Poco frecuente”, publicada ese mismo año por Concreto Editorial. En 2021 ganó la Beca de Creación del FNA para terminar de escribir su segundo libro. Da talleres de escritura y organiza el ciclo de lecturas “Quiero estar entre tus cosas” en Soria Bar. Como artista visual participó de muestras individuales y colectivas y la representa Galería Amistad.